Cuando supe que tenía Depresión

Recuerdo que al entrar a la Universidad tenía grandes expectativas sobre mi carrera. Se suponía que tendría una serie de materias relacionadas con lo que a mi me apasionaba, pero no sólo fueron más difíciles de lo que planee, sino que no se parecían en nada a lo que yo quería estudiar. Luego vinieron problemas con un novio, problemas con mis padres, problemas económicos, de todo.
Mi madre enfermó de cáncer en aquella ocasión y el mundo como yo lo conocía se vino abajo.
Empecé a dormir menos, primero seis horas por noche, luego cinco, luego cuatro. Al día siguiente era cada vez más difícil abrir los ojos. Cambiarme de ropa era una proeza, ¿bañarse? Ni en sueños. No había energía para eso. Arreglarse, pintarse, cambiarse de ropa diario, sacar al perro. Todo parecía una proeza inalcanzable. Cuando finalmente pasaron 2 meses de tener una energía que no alcanzaba ni a media tarde, mis calificaciones también se fueron a pique, de tener 9 a llegar al 5 en la mayoría de las materias, estar a punto de reprobar 2, cuando siempre había sido niña de 10. Y luego, al llegar a mi casa, con la tristeza inmensa de siempre, con el único deseo de cerrar las ventanas y tirarme a llorar, porque simplemente no podía hacer absolutamente nada de lo que siempre fue normal.
Luego vinieron ideas horribles: “Eres fea, eres tonta, no sirves, no eres para la Universidad, no eres suficiente, no mereces vivir” Esa última venía todas las noches, justo antes de intentar dormir. Con 5 kilos menos y más de dos meses sin verme al espejo, me encontré a una amiga de la prepa. Su cara al verme me hizo reflexionar en que esto ya no era normal
-Deberías buscar ayuda – Me dijo y sólo le di una sonrisa cínica.
Obviamente me dolió, YO no estaba mal, era el mundo el que era miserable y necesitaba cambiar, todos lo sabían. Pero al día siguiente marcó, me pidió que la acompañara al doctor y ahí conocí a mi psiquiatra.
Al principio me dio un poco de miedo y me sentí enojada porque me habían hecho una cita con un médico cuando yo estaba perfectamente bien. Además un psiquiatra… De esos que se suponen ven a enfermos gravísimos vestidos de blanco en cuartos con colchones.
Y no podía estar más equivocada, para mí era lo más normal del mundo sentirme triste todos los días, dejar de disfrutar, dejar de vivir la vida.
Pero ¿qué iba a saber un extraño de mi vida? ¿No era lógico que todos los seres humanos al ser imperfectos fuéramos incapaces de dar buenos consejos a otros?
¿Por qué tenía que contarle lo que me pasaba a alguien? No sólo era humillante, era imposible. Pasé por todas las emociones, me dio coraje, me dieron ganas de llorar, me dio vergüenza, pero al final, al hablar con el señor médico muy arregladito, con sus diplomas, que en cierto punto me llegó a caer medio gordo. Me di cuenta de que ahí era precisamente donde iba a recibir ayuda.
El psiquiatra me explicó que la depresión es una enfermedad biológica y psicológica, que cuando esos dos sistemas no andan bien, mi equilibrio emocional se tambalea y me hace ponerme triste todo el tiempo, que no me dan ganas de nada, no puedo dormir bien, mis hormonas y mis neurotransmisores no funcionan igual y que incluso necesitaba medicamentos para regular todo eso. Esa parte no me agradó nada; medicamentos ¿yo? Siendo una persona sana, joven, que no pisa el consultorio del doctor sino para recibir un certificado médico… Y pues si, medicinas. Poco a poco me dí cuenta de que el paso más importante para mejorar era aceptar que necesitaba ayuda. A dos años de la remisión total de la depresión, puedo decir que no pude haber tomado mejor decisión y que recibí el mejor regalo de amistad que alguien puede recibir y a la vez cuidé de mi salud.
-Anónimo

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